Adrián Vázquez Lázara.
Los tiempos del nuevo mundo que se está configurando son más acelerados que nunca. En el nuevo tablero geopolítico, las reglas del comercio y la seguridad se reescriben en tiempo real. En este contexto, la inacción ya no es una opción: hoy se paga con irrelevancia.
En medio de esta vorágine, los europeos —y por tanto los españoles y los gallegos— tenemos la responsabilidad de decidir qué papel queremos ocupar en el nuevo orden internacional de las próximas décadas. En el corto plazo, esas decisiones implican definir nuestra relación comercial con otros países y aprovechar la oportunidad de abrir mercado allá donde podamos, haciéndolo de una manera clara y regulada. Y si encima es en Latinoamérica, región con quien tenemos obvios lazos económicos, culturales y, por qué no, sentimentales, mejor que mejor.
Pero debemos conseguirlo sin dejar de lado a nuestros agricultores y ganaderos. A diferencia de los partidos independentistas y los partidos de izquierda, nosotros tenemos un compromiso histórico, político y moral con el campo y el mundo rural. Lo contrario sería impensable: nosotros sí sabemos perfectamente quién llena nuestras neveras y siempre hemos estado a su lado, le pese a quien le pese.
Por eso, durante los más de 25 años que lleva negociándose Mercosur, y muy especialmente en los últimos meses, nuestro trabajo ha estado centrado en blindar las necesidades de agricultores y ganaderos dentro del acuerdo. Mientras la izquierda sólo sabía ponerse detrás de una pancarta, los eurodiputados del PP trabajábamos insistentemente para que el Reglamento de cláusulas de salvaguardia automáticas, los controles reforzados en frontera y el depósito de contingencia fuesen líneas rojas innegociables.
La buena noticia es que ese trabajo está dando frutos; la mala, que la semana pasada una alianza populista y de extremos, compuesta entre otros por BNG y Vox —curiosa amistad—, ha generado más incertezas, provocando una aplicación provisional del acuerdo que no incorpora dichas salvaguardas para el campo.
En el Partido Popular votamos por una aplicación con todas las garantías. Votamos a favor de Galicia, pero Vox, el BNG y sus socios independentistas multiplicaron la incertidumbre, abriendo el camino a una aplicación provisional y con muchas dudas.
Entendemos perfectamente el hartazgo que agricultores y ganaderos han expresado en las calles de Galicia y del resto de Europa. No solo lo entendemos, lo compartimos. Por eso nos hemos opuesto —y seguiremos oponiéndonos— a las políticas de ecologismo radical, los recortes en la PAC, la burocracia asfixiante, las políticas intervencionistas que ahogan al campo o la aplicación de Mercosur sin salvaguardas. Son medidas injustas, ineficaces y propias de una ideología en retroceso.
Los cambios nunca son sencillos y deseo que pronto se demuestre que este acuerdo es positivo: veremos vinos gallegos en Uruguay, componentes de automoción e industriales fabricados en Vigo circulando por Río de Janeiro y el sector primario también podrá tener alimentación para el ganado a menor coste.
Pero antes, debemos cerciorarnos de que nuestro campo —uno de los más competitivos del mundo— está plenamente protegido. Y si el acuerdo va hacia delante, será única y exclusivamente porque esas garantías para agricultores y ganaderos estarán aseguradas.
